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Argentina El complejo problema del nacionalismo en Bélgica
y su reflejo en los textos escolares
 

 Marc Depaepe, Frank Simon & Honoré Vinck

    [Imágenes al final del texto]

“La Historia es la materia prima para ideologías nacionalistas, étnicas o fundamentalistas, como lo es la dormidera para el drogadicto.”

E. Hobsbawm, “Faussaires du passé”, Le Monde des débats, Febrero de 1994, pp. 22-23

 

“Quien se ocupa de la historia de naciones o del nacionalismo,
no puede ser un nacionalista político comprometido.”

E. Hobsbawm. Nations and Nationalism since 1780. Programme, Myth, Reality,
Cambridge, Cambridge University Press, 1992²

 

Colocada en la parte central de Europa, entre naciones que mucho tiempo se han disputado la supremacía, Bélgica ha sufrido destinos diversos.
En los tiempos remotos, era glorificada por César y Tácito como el foco de la fuerza y de la valentía; fue la patria de los Carolingios después de haber sido la cuna de los descendientes de Meroveo; reinaba en Jerusalén cuando Godofredo de Bouillon abrió a la cristiandad las puertas de la ciudad santa; reinaba en Constantinopla cuando Balduino de Flandes y de Henao ciñó a Santa Sofía la diadema de los Césares; igualaba, eclipsaba tal vez a la misma Italia, según el testimonio de Dante y de Petrarca, por la opulencia y la energía irreprimible de sus municipios; era el foco de la civilización occidental, que resplandecía en las ciudades de Flandes cuando las comarcas vecinas apenas salían de las tinieblas de la barbarie; fue el amparo de las libertades populares durante toda la Edad Media; se convirtió luego en la rival de la monarquía francesa bajo los primeros duques de Borgoña.
Tanta grandeza no duró. Después de haber colocado la corona imperial en la cabeza de Carlos V y consolidado por la sangre de sus guerreros la preponderancia de la monarquía española, Bélgica sentía las contusiones de la dominación extranjera (…).
Una aurora engañosa se levantó sin embargo para nuestros padres cuando Felipe II, que se proponía aniquilar la república nacida de las Provincias Unidas, quiso reconstruir la antigua propiedad de los duques de Borgoña a favor de su hija Isabel, casada con el archiduque Alberto de Austria. Desgraciadamente el reino de aquellos príncipes no tenía futuro (…).
Todos aquellos desastres habían anonadado el antiguo poder de Bélgica, pero no habían destruido el sentimiento nacional, bien inalienable que las generaciones se transmitían religiosamente mientras diez banderas diferentes flotaban sobre las murallas de nuestras ciudades conquistadas (…).
En el siglo XVIII mismo, bajo la dominación austriaca, un simple artesano, François Anneessens, murió gloriosamente en Bruselas para la libertad comunal, en el sitio en que habían sido inmolados, 150 años antes, los adversarios nobles de la tiranía española, los condes de Egmont y de Horn (…).
La revolución memorable de 1830 destruyó la obra del Congreso de Viena y creó el reino independiente de Bélgica. El sentimiento nacional, contenido desde hacía quince años, salió a la luz con tal energía, que ya no era posible poner en duda la vitalidad del pueblo emancipado. El mundo entero reconoció que, por nunca haber alienado voluntariamente sus derechos, aquel pueblo era digno finalmente de pertenecerse.

La introducción de Théodore Juste a su Histoire de Belgique depuis les temps primitifs jusqu’à la fin du règne de Léopold 1er (Historia de Bélgica desde los tiempos primitivos hasta el final del reinado de Leopoldo I), Bruselas, 1868, 4ª edición, es un verdadero resumen de todos los mitos clásicos de la historia de Bélgica. Juste es un representante de la primera generación de historiadores belgas que tuvieron que alimentar un nacionalismo, dotando de esta forma a la Historia de Bélgica con una narrativa y una continuidad cronológica.

Historiografía del nacionalismo

La historiografía del nacionalismo en Bélgica es un tema espinoso. No sólo hay que tener en cuenta las diversas culturas y grupos lingüísticos  (así como las diferencias sociales dentro de cada categoría) que ya existían antes de la Independencia belga (1830), sino también la manera como se construyó dicho nacionalismo en el discurso historiográfico del siglo XIX. Globalmente, fue el discurso de dicha operación historiográfica del siglo XIX el que se mantuvo durante mucho tiempo en los manuales escolares belgas, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, cuando un movimiento flamenco consciente de sí mismo (que también surtió efectos secundarios y emancipadores en los ámbitos social y cultural) hiciera que la unidad del país se fragmentara cada vez más desde los puntos de vista institucional y político.  Las imágenes y los mitos predominantes, sobre todo durante el período 1870-1930, eran los sugeridos en la nota introductoria de Théodore Juste: el papel ensalzado de la casa real en la elaboración de la unidad nacional, la importancia del patriotismo y el militarismo (antes y después de la Segunda Guerra Mundial) y el papel del Rey Alberto.  Dicha construcción nacionalista debe ser contemplada con la formación de la nación como telón de fondo.  Es precisamente dicha perspectiva la que ayudó al discurso nacional a fomentar un pensamiento uniforme. Es harto conocido que, en 1908, Bélgica incorporó al entonces Estado Libre del Congo como colonia.  El desafío de desarrollar como “pequeño” país una “segunda patria” era una espolada para el nacionalismo belga. Como escribe Guy Vantemsche, la colonia se convirtió en un componente importante del nacionalismo belga, principalmente después de la muerte de Leopoldo II: “Además, este culto ha contribuido a la formación de un verdadero espíritu colonial en el pueblo belga, actitud que estuvo ausente antes de asumir el control del Congo. Esta ideología colonial se convirtió en un nuevo instrumento de un vivaz patriotismo belga (no debemos olvidar que Bélgica no fue erigida sino hasta 1830)”.

Recientemente ha surgido una tendencia según la cual la nueva historiografía colonial ya no puede ser de dirección única, sino que debe prestar atención a la interacción entre la colonia y la madre patria.  Más particularmente, se quiere enfocar el impacto de las transacciones coloniales de Congo sobre la propia Bélgica.  Sin embargo, hasta la fecha no hay mucho rastro de ello en los manuales escolares.

En lo que concierne a la historia de la identidad belga, puede resumirse el estado de la cuestión, como lo ha hecho Louis Vos, en los siguientes términos: “desde la independencia de Bélgica en 1831 ha habido cambios tan radicales en la identidad nacional (…) que las autoridades políticas han respondido cambiando las estructuras políticas del Estado belga de acuerdo a criterios federalistas. El gobierno federal, la comunidad flamenca de lengua neerlandesa al norte de Bélgica, y la comunidad francófona – tanto en la región valona del sur como en el área metropolitana de Bruselas, tienen su propio gobierno e instituciones”. En 1830 apenas existía una nación belga. En esa época una comunidad o sub-nación flamenca simplemente no existía. Irónicamente, las constantes referencias culturales al derecho a hablar la propia lengua actuaron alrededor de 1880 como una palanca para el nacionalismo belga. En el cambio de siglo la idea de que la lengua constituía la base de un grupo étnico distinto – el llamado pueblo flamenco – fue aceptada como si se refiriese a una realidad existente. Esta idea se propagó por la nueva clase media intelectual. Al mismo tiempo, surgió un discurso oficial acerca de la formación del estado nacional belga, cuyo portavoz fue el mundialmente famoso Henri Pirenne (véase su Histoire de Belgique, en cuatro volúmenes, que empezó a publicarse en 1900). Por último, el llamado movimiento “Walloon” surgido en Bruselas y en Flandes, a favor de mantener el bilingüismo en Flandes y el monolingüismo francés en Bruselas y Valonia,  sirvió al mismo propósito. Todo cambió con la Primera Guerra Mundial. Debido a la ocupación alemana y su Flamenpolitik, se produjo una radicalización del movimiento flamenco. Una fracción se mantuvo leal a Bélgica; la otra asumió una actitud anti-belga, en la cual se inspiraron algunos grupos colaboracionistas durante la Segunda Guerra Mundial.

Nacionalismo bajo control colonial en los manuales escolares del Congo belga

"La patria, es el pueblo donde nací, son mis padres y mi casa paterna.
Son los campos, los bosques y los ríos. Son las colinas y las llanuras inmensas
en las que corren los antílopes y los búfalos, los leopardos y los elefantes.
La patria es el gran río con sus cocodrilos, sus hipopótamos y sus peces.
Mi patria es el Congo. Todos los días rezo por mi patria y por el rey que es su jefe.”

Manuel pour apprendre le français, Tumba, 1926, p.143

El análisis de gran número de manuales escolares del Congo belga (1885-1960),  de los que se presenta en esta Biblioteca Virtual una selección temática, nos revela que la presencia del ‘nacionalismo’ en un contexto colonial está mucho más matizada de lo que se piensa.

En primer lugar, hay sitio para un ‘nacionalismo parroquial’. En casi todos los libros de lectura se encuentra una lección idílica que alaba los encantos de la vida apacible en la familia (más o menos del tipo cristiano y occidental) viviendo en el pueblo natal: “Mi pueblo es grande; hay muchos habitantes (...) Las casas están limpias (...) Algunos árboles frutales se alzan en el patio de los habitantes (…) la capilla en medio del pueblo”. Esto está muy en contraste con otros textos que muchas veces aparecen en los mismos manuales y que muestran un cuadro muy sombría de las costumbres y los modos de vida ancestrales: “Como erais los esclavos del demonio (...) se practicaban virtudes satánicas (...)”.

Cierto ‘tribalismo’ no está totalmente ausente. Va desde la exaltación del pueblo que vive en la región de origen del manual, hasta la denigración de los ‘enemigos’ tradicionales: “Los ngombe son guerreros muy peligrosos (...) se destacan en la magia.” En este contexto, un texto exalta el uso de la lengua tribal o regional en contraste con el francés o las lenguas de trato: “Apreciamos nuestra lengua y permanecemos  vinculados a ella con amor.”

También se da con cierta ambigüedad un ‘nacionalismo nacional’. El Congo entero se presenta algunas veces como un país bonito que reúne a todos sus habitantes en un mismo impulso: “Congo, mi país, superas a  todos los otros (...) la patria en la que nací, te saludo con amor.”  Esto es atemperado muy rápidamente en los mismos manuales por la exaltación del papel de Bélgica, que ha pacificado el país y ha aportado inmensas ventajas materiales y espirituales. Se encuentran una al lado de otra las expresiones “nación congoleña” y “Bélgica es nuestro país y de tres colores es nuestra bandera”. El símbolo de la patria belga es el rey, exaltado en último extremo como el gran jefe del país; todos sus habitantes le deben obediencia a él y a sus representantes. En consonancia con una supuesta característica de la autoridad bantú, se representa al rey como a un padre (y a la reina como a una madre) que quiere a todos los negros: “Hay una familia todavía más grande cuyo jefe es nuestro rey Balduino I. El rey es nuestro padre.” Los congoleños están unidos a él por un lazo de amor respetuoso: “El rey te ama. ¿Tú amas al rey?”

Finalmente, no está ausente cierto ‘nacionalismo panafricano’. África es la unidad territorial sobre la que viven pueblos de una gran diversidad. “África es un gran continente” “Queremos conocer la historia de este continente (...) ya que somos originarios de África.”

Referencia bibliográfica

DEPAEPE, Marc y SIMON, Frank, “Taal en onderwijs in Vlaanderen: een afgesloten hoofdstuk?”, Onze Alma Mater 49, nº 2 (1995), pp. 164-185.

DE VIJLDER, F., Natiestaat en onderwijs. Een essay over de erosie van de band tussen onderwijssystemen en Westerse natiestaten, Gravenhage, VUGA, 1996.

MORELLI, A. (ed.), De grote mythen uit de geschiedenis van België, Vlaanderen en Wallonië, Berchem, EPO, 1996.

“Nationalisme”, Bijdragen tot de Eigentijdse Geschiedenis, nº 3 (1997), themanummer.

REYNEBEAU, M., Het klauwen van de leeuw. De Vlaamse identiteit van de 12de tot de 21ste eeuw, Leuven, Van Halewyck, 1995.

RIETBERGEN, P. y VERSCHAFFEL, T. (eds.), De erfenis van 1830. Leuven/ Voorburg, ACCO, 2006.

VANTHEMSCHE, G., “The Historiography of Belgian Colonialism in the Congo”, Europe and Africa (= Europe and the World in European Historiography, ed. By Csaba Lévai, Edizioni Plus / Pisa University Press, 2006), pp. 89-119.
(http://www.cliohres.net/books/6/Vanthemsche.pdf).

VOS, L., “Reconstructions of the Past in Belgium and Flanders”, in: COPPIETERS, B. y HUYSSEUNE, M. (eds.), Secession, History and the Social Sciences, Brussels, VUB-University Press, 2002, pp. 179-206. 

WILS, L., Vlaanderen, België, Groot-Nederland. Mythe en geschiedenis, Leuven,  Davidsfonds, 1994.

WITTE, E., e.a., Nieuwe geschiedenis van België. I. 1830-1905, Tielt, Lannoo, 2005.

 

 
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