10. El periodo de independencia nacional – Desde 1830 hasta hoy (p. 4)
Bajo los reinos constitucionales de Leopoldo I y de Leopoldo II, Bélgica desarrolla en paz sus instituciones libres. La cordura de sus reyes y la actividad intelectual, industrial y comercial de su pueblo lo colocan en primera fila de las naciones.
594. Muerte de Leopoldo I – Inauguración de Leopoldo II (pp. 454-455)
La salud de Leopoldo estaba deteriorada desde hace mucho tiempo. El 10 de diciembre de 1865, Bélgica hubo el dolor de perder al rey honesto y moderado al que debía tanto reconocimiento. – Ocho días después de aquel acontecimiento fatal, el 17 de diciembre, Leopoldo II prestó el juramento constitucional y subió al trono. Fue en aquella circunstancia solemne que el príncipe, inspirándose en los sentimientos de la Unión de 1830 y sobre todo en los bonitos ejemplos de su noble padre, se dirigió con las palabras siguientes a todas las eminencias de la nación.
Señores:
Bélgica, al igual que yo, ha perdido a un padre. El homenaje tan unánime que la nación rinde a su memoria responde dignamente a los sentimientos que ella le consagraba durante su vida. Estoy tan conmovido como agradecido por esto. Europa misma no ha quedado indiferente a este duelo; los soberanos y los príncipes extranjeros querían participar en los últimos honores que rendimos al hombre en quien ellos habían confiado tanto y con quien tenían mucha amistad. En mi nombre, y en el nombre de Bélgica, se lo agradezco.(Aplausos prolongados)
Sucediendo a un padre tan honrado durante su vida, tan añorado después de su muerte, mi primer compromiso, ante los elegidos de la nación, es seguir religiosamente los preceptos y los ejemplos que su cordura me han legado; (Aplausos y gritos de: ¡Viva el Rey!) y nunca olvidar qué deberes me impone esta preciosa herencia. (Nuevos aplausos).
Si yo no prometo a Bélgica ni un gran reino como el que su independencia ha fundado, ni un gran rey como a quien lloramos, le prometo al menos un rey belga de corazón y de alma, cuya vida entera le pertenece. (Aplausos entusiastas).
Primer rey de los belgas a quien Bélgica ha dado a luz, me he asociado, desde mi infancia, a todas las emociones patrióticas de mi país.
Como él, he seguido con felicidad ese desarrollo nacional que fecunda en su seno todas las fuentes de fuerza y de prosperidad. Como él, me gustan esas grandes instituciones que garantizan el orden al mismo tiempo que la libertad, y son la base más sólida del trono. (De todas partes estallan los gritos de: ¡Viva el Rey!)
En mi mente, el futuro de Bélgica siempre se ha confundido con el mío: y siempre lo he considerado con esa confianza que inspira el derecho de una nación libre, honesta y animosa, que quiere su independencia, que ha conseguido conquerirla y mostrarse digna de ella, que sabrá mantenerla. (Aplausos prolongados.)
No he olvidado en absoluto, señores, las señales de bondad que recibí en la época de mi mayoría, cuando vine a associarme a vuestros trabajos legislativos, y, algunos meses después, al momento de mi matrimonio con una princesa que toma parte en todos mis sentimientos para el país y que los inspira a nuestros hijos. (Sensación profunda. ¡Viva la Reina!)
Me complací en reconocer, en esas manifestaciones espontáneas, el acuerdo unánime de las populaciones. Yo por mi parte, nunca he hecho una distinción entre los belgas. Todos leales a su patria, los confundo en una afección común.(Bravos y gritos de: ¡Viva el Rey!)
Mi misión constitucional me sitúa fuera de las luchas de opinión, dejando al país mismo la decisión entre ellas. (Aplausos.) ¡Deseo vivamente que sus divergencias sean siempre temperadas por ese espíritu de fraternidad nacional que reúne en este momento, alrededor de la misma bandera, todos los hijos de la familia belga! (Bravos prolongados.)
Señores, durante los 35 últimos años, Bélgica ha visto cumplirse cosas que, en un país de la extensión del nuestro, raramente han sido realizadas por una sola generación. Pero el edificio del que el Congreso ha echado los cimientos puede elevarse y se elevará todavía. Mi simpática colaboración está asegurada para todos aquellos que consagran a esta obra su inteligencia y su trabajo. (Aclamaciones.)
Persistiendo en esta vía de actividad y de progreso sensato, Bélgica consolidará cada vez más sus instituciones por dentro y conservará esa estima de la que los poderes garantes de su independencia y los otros estados extranjeros no han dejado de darle y le renuevan, hoy todavía, el condescendiente testimonio. (Nuevos aplausos.)
Al subir al trono, mi padre dijo a los belgas: “Mi corazón no conoce otra ambición que la de verlos a ustedes felices.”
Aquellas palabras, justificadas por todo su reinado, no temo por repetirlas en mi nombre. (Gritos prolongados de: ¡Viva el Rey!)
Dios se ha dignado a colmar el deseo que ellas expresaban. Que todavía lo oiga hoy, me haga el digno sucesor de mi padre, y yo le pido con toda el alma que siga protegiendo a nuestro querido Bélgica. (La sala entera se levanta y manifiesta su entusiasmo por aclamaciones prolongadas.)
Que la nación, que el soberano jamás olvide ese gran y noble lenguaje.
597. Conclusiones (pp. 467-468)
¿Cuál es la lección que nos presenta nuestra historia nacional en todas las épocas? En el orden material, una voluntad fuerte, el espíritu de perseverancia y de amor al trabajo más todavía que las riquezas de la tierra, han mantenido nuestras provincias en una situación muchas veces floreciente a través de mil vicisitudes. En el orden político y moral, los belgas no han aceptado ningún yugo, ni más el de sus soberanos que el de los dominadores extranjeros. En todas las épocas de la historia, el espíritu de independencia y de libertad, así que la adhesión al catolicismo, han seguido siendo los rasgos fundamentales de su fisonomía nacional. – Un publicista extranjero hizo la observación siguiente: una de las características más distintivas que Bélgica ha ofrecido hasta ahora es la de una sociedad a la vez eminentemente religiosa y industrial. La religión en nuestro país ha fecundado el trabajo. El espíritu religioso, añade el mismo escritor, es el germen y como la sal de las sociedades: sin él, no hay creación en absoluto, con él todo está vivaz, fuerte y durable. Religión, paz, unión, trabajo es, pues, para nosotros belgas sobre todo, la palabra iniciadora del futuro.
Un viejo lo dijo con una gran verdad: “los estados se mantienen por los mismos medios que por los que se establecen.” Nuestra independencia y nuestra prosperidad nacionales han nacido de la unión, sólo vivirán por la unión. En esta vieja tierra de fe y de libertad, nuestras instituciones constitucionales subsistirán, si continúan basadas en nuestras antiguas costumbres y en las creencias de nuestros padres. Para eso, una cosa es indispensable: la concordia y la unión en lo alto como en lo bajo, en las regiones del poder así que en los rangos de los trabajadores. La unión hace la fuerza. No basta que el lema nacional brille en nuestra bandera; debe ser gravado profundamente en el corazón de los belgas. |